lunes, 17 de septiembre de 2007

Timbó colorado

Timbó colorado  
Enterolobium contortisiliquum
Enterolobium del griego entero: intestino y lobium: lóbulo. Contortisiliquum del latín contortus-a-um: retorcido y siliqua: vaina, "vaina retorcida", en referencia a la forma de su fruto.
Familia: Fabaceae (Subf. Mimosoideae). (Guía de Consultas Diversidad Vegetal, FACENA (UNNE), Fabaceae)
Otros nombres: Oreja de negro; Cambá nambí (nambí: oreja, cambá: negro), Timbó pitá (pitá: colorado en guaraní), Pacará, Timbauva.
Al describir la flora del Gran Chaco, Luis Jorge Fontana (1846-1920) hace referencia al "Timbó: Paullinia timbó: este árbol gigantesco, que se eleva hasta veinte metros por uno y medio y hasta dos de diámetro, es muy común, y de gran importancia por su tamaño extraordinario, que permite cortar tablas muy anchas, largas y ligeras, de un bello color rojo, con lindas vetas negras.

En el Chaco se encuentran tres especies, y son: el blanco (), morotí; el rojo, pitá; y el negro, timbó cambá. pertenecientes al género Paullinia que forma parte de la familia sapindáceas y de la Octandria triginia, pueden reconocerse por sus flores, cuyo cáliz está formado de cinco sépalos desiguales, imbricados lateralmente y persistentes." (Fontana, Luis Jorge: "El Gran Chaco", Ed. Solar, Hachette, Buenos Aires, 1977)
Timbó en Av. Sarmiento, Resistencia (Chaco, Argentina)
Los frutos son vainas chatas de forma arrriñonada, negruzcas a la madurez, de allí el nombre de oreja de negro. En su interior se encuentran numerosas semillas ovaladas. Estos frutos son bastante livianos y tienen la particularidad de flotar, lo que facilita su diseminación hidrófila. Hojas bipinnadas, alternas, opuestas. Flores abundantes, blanquecinas, agrupadas inflorescencias globosas.
Leyenda del Timbó (de “Leyendas argentinas en la voz y en la pluma de Inés Márquez”, 1957. Compaginación de Victoria Mabel Romero, Museo Histórico Regional Ichoalay, Resistencia, Chaco)
"En la vasta llanura chaqueña la vida era fatigosa y dura durante los meses de verano.
Atravesando grandes distancias, a pie o a caballo, se encontraban algunos modestos caseríos visitados de vez en cuando por algún ciego y su lazarillo.
La llegada del ciego con estampas y baratijas y algunos libros de viajes o vida de santos, era siempre un acontecimiento; y... al modo de los juglares, el viajero encontraba hospitalidad y afecto en los abnegados pobladores del Chaco legendario.
Un día Timbó, anciano ciego, atravesaba el campo chaqueño con la ayuda de su lazarillo.
La saca enorme contenía los alimentos para el viaje y los libritos para la venta. La mano apoyada sobre el hombro de su lazarillo se hacía cada vez más pesada; y los ojos sin luz sentían, a pesar de las sombras eternas las fuerzas de las brillazones que castigaba la mirada dulce del lazarillo, a quien Timbó amaba como a un hijo.
Iban atravesando una cañada. Era a la siesta.
El niño miró hacia el cielo y vio a los pajaritos volar libremente; miró hacia el bosque... y la agreste selva parecía entonar allá lejos, con la música del ramaje verde, himnos de libertad para invitarlo a disfrutar de un derecho común.
Él, siempre había tenido que vivir sujeto a Timbó, el amigo que lo trataba bien, pero cuya mano temblorosa siempre sostenía sobre el hombro como un peso que lo esclavizaba.
No había tenido amigos de su edad.
Estas reflexiones hechas a campo traviesa, dieron al lazarillo una fuerza extraña..., tan extraña, que sin saber cómo, separó bruscamente la mano de Timbó y echó a correr en aras de la libertad.
El ciego no pudo comprender lo que pasaba. Llamó al niño una y otra vez. Lo esperó confiado porque lo amaba y creía en su lealtad. Sus ojos en eterna noche no pudieron contar las noches y los días; pero él esperaba... esperaba... echando el oído en tierra con la esperanza de escuchar sus pasos.
El viento de la cañada se mostró implacable; la lluvia le caló los huesos, y un frío de muerte recorrió el cuerpo del anciano. De pronto creyó escuchar unos pasos; una tibieza amorosa recorrió su cuerpo, y derramando cálidas lagrimitas, se sintió transportado a una región muy hermosa.
El corazón no le latía más.
Llegó la primavera. En aquel mismo lugar creció una plantita, primero tímida y temblorosa como la mano de un anciano que se tiende pidiendo caridad... después fuerte y vigorosa, como un corazón noble que confía y espera.
Pronto fue esa planta más alta que la selva vecina. Tenía prisa por crecer y ya en lo alto se cubrió de flores, pequeñas como lágrimas, para mirar a la distancia. Quería ver... después multiplicó sus orejas y agachando las ramas hacia la tierra pareciera que todavía confiara escuchar los pasos del ausente.
Esta es la leyenda del timbó, un árbol de la región, cuyo fruto, llamado vulgarmente “oreja de negro” cae al suelo siempre del mismo lado como una oreja en actitud de escuchar.
Y dicen las gentes del campo, que los que viven en ranchos a la sombra de algún timbó jamás se traicionan porque el timbó es símbolo de lealtad."
Es famoso el “pacará de Segurola” - árbol histórico con más de 200 años de edad en la quinta de Romualdo Segurola - fue reproducido en una estampilla del Correo Argentino. En esta quinta, conocida actualmente por de Letamendi, ubicadada entre las calles Directorio, Miró, Puán y Lobos, se conserva el hermoso pacará, bajo cuya sombra el Dr. Saturnino Segurola aplicó a los vecinos de la ciudad de Buenos Aires la vacuna antivariólica, entre 1809 y 1830. Lo recuerda una placa que fue colocada al pie del árbol.

VínculosEl Pacará de Segurola, Parque ChacabucoTimbó Puitá, Museo y Parque Hudson

1 comentarios:

Nai dijo...

Falta la planta de Mistol y de Guaraniná.